Madiba Riddim

Seamos sinceros: la selección de Sudáfrica nunca ha destacado por su calidad. A día de hoy (y a día de ayer) los más sureños del continente africano no son una gran potencia en el mundo del fútbol, y dudo que lo sean en el futuro más cercano.

Sin embargo, poseen una magia especial; y no hablo de chamanes o hechizos, me refiero a la pasión y la emoción que desprenden y desatan.

El 11 de junio de 2010, ante México, debutaban en un Mundial jugado en casa, y Tshabalala encendía y lanzaba fuegos artificiales con ese gol que el «universo fútbol», 16 años después, sigue recordando.

Ese mismo «universo fútbol» ha querido que de nuevo un 11 de junio, tas 4 mundiales, el ya mencionado partido inaugural dé apertura al nuevo invento de Infantino esta vez en Ciudad de México. Ahora son 48 en vez de 32 las selecciones que participan. Y esta vez son 3 las sedes, aunque alguna acapare más focos que otras. El fútbol, «ese deporte que tanto amamos» (o eso nos quieren hacer creer), ha cambiado mucho en 16 años. Lo único que no ha cambiado es lo impredecible que puede llegar a ser.

Ninguna selección había recibido 2 expulsiones en un partido inicial hasta entonces, y pocas han ofrecido un nivel tan bajo en un debut mundialista. Por tanto, era difícil esperar que algo fuese a cambiar en el equipo bajo la dirección de Hugo Broos.

No obstante, en ese momento todos pasábamos por alto algo que ya he mencionado: el fútbol es impredecible, y lo mismo un día eres la peor selección del torneo, y otro te clasificas como segunda en un grupo formado por México, Corea del Sur y República Checa.

La hazaña no queda ahí. Cuando nadie espera nada de ti juegas con una ventaja: todo lo que hagas, por poco que sea, es sorpresa.

Ante Canadá, y viendo los partidos anteriores, yo me consideraba un ateo más. Ni siquiera agnóstico, o indiferente. «Yo era ateo». Y al igual que Nathy Peluso y C.Tangana, «Ahora creo». La eliminación es dolorosa y se siente como quitarle a un niño su nuevo juguete favorito (juguete que por supuesto le habían regalado unos minutos antes), pero deja en el fondo una sensación de tremenda felicidad. Se siente como la hierba que Ricky le vende a Lester Burnham en American Beauty, «es muy potente pero da un vuelco muy tranquilo«.

He hablado de música y he hablado de cine, pero todavía no he mencionado el título del artículo, y aunque no lo considero una buena práctica, merece la pena hacer un inciso, porque ese ritmo de Madiba (apodo de Nelson Mandela), que le da título a la canción de Drake (casualmente canadiense), se ha sentido hoy sobre el verde de Los Ángeles. No han sonado, y sin embargo yo he escuchado bubucelas. No era la Brasil de Nazario ni de Pelé, y sin embargo yo juraría que he visto samba por todos lados.

Soy fiel creyente de que la felicidad se encuentra en los pequeños detalles, y qué queréis que os diga…

Un doble caño de Mudau; que Modiba recoja el balón al borde de la línea de cal y se quede pausado, cual Ronaldinho, con una sonrisa de oreja a oreja; o las numerosas intercepciones de Mbokazi han hecho de la velada de hoy algo parecido a una epifanía. Nada menos que un encuentro con algún tipo de figura sagrada.

Dios, perdóname por adorar a falsos líderes, no me juzgues por idolatrar a estos profetas, pero si ese cielo del que hablas tiene colores, estoy convencido de que son los de la bandera sudafricana.

El sueño se termina pronto, y eso es justamente lo que lo hace perfecto. Solo queda una cosa por decir:

«Sudáfrica, gracias por tanto, y perdón por tan poco»

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